lunes, 3 de enero de 2022

lo único certero

 Me he dado todo este tiempo para pensar en una manera de explicarlo pero sigo sin entender. Sólo sé que pasó.

Pero pasó, no como un incidente coordinado, no como un destino planeado, ni como un punto de inflexión, más bien pasó como algo que eventualmente iba a pasar. Dicen las CLAMP que no existen las coincidencias, sólo lo inevitable.

Algunos dirían que es el destino pero yo le llamo codependencia. Y, oigan, no digo que sea algo necesariamente malo. A veces es bonito* no poder dejar ir a alguien porque estás tan aferrada a la idea optimista y estúpida de que todo puede ir mejor. 

(*CUESTIONABLE???)

Porque al fin y al cabo, ¿No es eso esencial para la supervivencia del ser humano? ¿Desear, esperar, aferrarse a la esperanza?



Yo sé que esto les va a hacer poner los ojos en blanco y van a murmurar "no pinches mames mariana". Soy consciente de eso.

Y lo más certero que puedo decir, lo que con toda seguridad puedo afirmar, es que lo amo muchísimo. Lo amo muchísimo, lo amo más que a mí misma, más que a mi vida incluso. Y el problema es que no sé qué hacer con tanto amor, no sé dónde ponerlo, no sé dónde enterrarlo para que florezca, no sé dónde esconderlo para que no sentirme avergonzada, no sé cómo negarlo para que él no vea su ventaja sobre mí.

No lo sé. Créanme cuando les digo que he pasado muchos años descifrando esto que siento por él, con la esperanza de encontrar un hilo negro, un cierre, un botón de apagado. O una manera de arrancarlo de mí.

Y no puedo. Hacerlo significa rendirme, negar la esperanza de que la gente puede ser mejor.

Es que cuando estoy con él, el mundo no parece tan malo. Parece más humano, más disfrutable, más... me siento acompañada. Menos sola.

Y lo amo tanto, tantísimo, que por momentos me siento muy preocupada por la facilidad en la que me ahogo en mi obsesión por él. Perro oso, ya sé. Como una colegiala enamorada o personaje de Shakespeare enamorado.



Pienso mucho en cómo se ven las cosas. Pienso en las veces que he escrito de él en mi blog, desde que lo conocí. Las cosas desagradables que me hizo pasar, las cosas espantosas que escribí. Las cartas de amor que publiqué. Lo que él no leyó, lo que él sí leyó y compartió. Lo que él nunca supo que era para él. 

Pienso mucho en lo que piensan mis amistades: Pienso en las veces que les oculté que nos habíamos peleado o nos habíamos dejado. Pienso en las veces que karli tuvo que escucharme llorar por teléfono. Pienso en mis noches con insomnio. En las veces que dan, angelo e ingrid tuvieron que ser pacientes con mi mal humor. Pienso en las voces de mis amigas diciendo que están preocupadas por mí. Que vendrán mejores días, que no me desanime. 

Que merezco mejor.

Me estremece la idea de tener que explicarles, porque sé que en cualquier momento tendré que hacerlo. No porque les deba una explicación, sino porque quiero que entiendan.

¿Pero cómo puedo hacer eso si ni yo misma entiendo qué está pasando?



Supongo que lo que quiero decir es que hice mucho, lo que estuvo en mis manos, para ponerle punto final a esta historia, aunque siendo sincera no deseaba que terminara así. En esa última carta que cobardemente le mandé a una hora indecente de la madrugada le dije un par de cosas de las que, si bien no me arrepiento, soy consciente de lo duras que fueron. Palabras, oraciones, conceptos que rara vez  manejé con él. Intenciones desconocidas por los dos. 

Y un único deseo: Que las cosas mejoraran.


Pero no mejoraron. Pasaban los días y yo los sentía cada vez más pesados, más grises, más... aburridos. Más solitarios. 

Me esforcé mucho, en verdad. Lo bloqueé de todos lados, incluso de mis páginas de memes -algo muy poco profesional pero ajá, necesario- y luego de un par de meses lo desbloqueé y ajá.

Revisé mi correo cada día, con la esperanza de encontrar algo de él y jamás llegó, así que me resigné a que nunca sucedería, por lo que dejé de entrar compulsivamente a mi cuenta dos veces al día como solía hacerlo. 

En navidad me costó mucho trabajo no romperme y escribirle. Cuando estuve a punto de hacerlo, me dije a mí misma que probablemente un mensaje mío lo iba a molestar. Que si él no había querido responder a mi carta era porque no quería hacerlo, quizás hasta me odiaba. Con esa sensación tan amarga desistí y en vez de seguir empedándome, me fui a dormir para evitarme la vergüenza de buscar a quién no me quiere.

En año nuevo no pude más.

Y le escribí por whats.





Al día siguiente, revisando casualmente mis cuentas, vi que tenía una carta de él del viernes unas horas antes de mi whats. Tuve miedo de leerla, así que lo hice de manera muy superficial, sin detenerme a pensar en algo, ni asimilar nada. Luego la volví a leer, más calmada y me detuve en los párrafos que me llamaban más la atención. En una tercera lectura, varias horas después, respiré y analicé todo el contenido. Todavía no me quedaba muy claro, aunque sus palabras eran directas y -juzgo-, sinceras.

Y este amor que nunca se fue inflamó mi corazón y me quitó el aire y el sueño y los deseos de seguir haciéndome la reacia. 

Nuestra separación nunca fue bilateral: Quiero decir, de haber sido posible, yo nunca habría elegido esa opción, más bien me sentí orillada a hacerlo. -Cualquiera que conozca la canción Better Man de Taylor Swift lo entenderá XD-, y quizás por eso este amor jamás se fue, ni se apagó.


Es muy pronto para decirles qué va a pasar, qué es lo correcto, qué es lo tóxico y cuál es la apuesta. Lo único que puedo decirles, otra vez, es cuanto lo amo y cuánto deseo que estemos juntos otra vez y para siempre.


Pero bueh, de eso a que se haga realidad hay un mundo y ya entendí que todo eso no depende enteramente de mí. Ya sabrán de mis propias palabras el desenlace de esta historia.


Por lo pronto, esto es lo único certero por comentarles.




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